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¿Qué es Laura Palmer no ha muerto?

Laura Palmer no ha muerto pretende ser más que una colección de libros. Pretende ser una impostura en la que los escritores de la última generación, nacidos a partir de los setenta, buscan abrirse un espacio, mientras se echan la culpa y el mérito de ser quienes son.

Una colección de libros es algo que se establece bajo una línea editorial, y Laura Palmer se sitúa un poco antes de los textos, para llegar a los textos. La idea es descubrir y mostrar qué escriben quienes vivieron la dictadura desde la protección de la infancia (aunque a veces, demasiadas, esos años lograron penetrar la burbuja de los juegos). Escritores que pelearon la guerra de Malvinas en el patio de sus casas, que en los vestigios primeros o no tan primeros de la adolescencia creyeron que los radicales eran populares. Y después el cable, los videoclips y los dibujos japoneses encabezados por Robotech. Y claro, después Internet.

Por eso Laura Palmer no ha muerto no se escuda detrás de una estética sino de una experiencia en común, que no iguala a los escritores en aciertos y errores, en obsesiones e indiferencias, sino que los diferencia bajo el mismo paisaje esquizoide. Si los lectores responden podrán ver que los libros que hemos ido publicando no comulgan ni en imaginario ni en poéticas.

Hay una idea más recurrida que recurrente, respecto de que la literatura argentina es aburrida, elitista, para pocos. Es una idea que simplifica un tema mayor que recorre diferentes aspectos, pero que ante todo falsea su signo. En todo caso, como Laura Palmer, la literatura argentina es una muerta (o una moribunda) que fascina, que nos obliga a construir una historia alrededor de ella una y otra vez. Esa entonces tal vez sea su contradictoria vitalidad. Pero en todo caso el problema no es sólo sobre qué escriben quienes escriben. El lector argentino no arriesga, se deja llevar por suplementos culturales, cánones académicos y vistosidades de un mercado digitado desde afuera. Nosotros no arriesgamos. Las editoriales no arriesgan. O todos lo hacemos pero no lo suficiente.

Es posible que todo esto tenga que ver con la ausencia de un escritor-imán en los últimos tiempos al cual odiáramos y leyéramos con devoción al mismo tiempo (que va, si todavía hay quienes se ensañan con Cortázar). La generación anterior nos dejó hasta ahora más vacíos que líneas a seguir o con las cuales confrontar. Es una generación con demasiados muertos que todavía no ha dicho su última palabra, que ha sido demorada y castigada. Pero los escritores nacidos en los setenta tienen otros muertos y ya están haciendo lo suyo en esta especie de limbo donde todo parece permisible y uno nunca puede sentirse a contramarcha contra el mundo porque el mundo pareciera no ir a ninguna parte.

No es meramente lo nuevo, no es una vanguardia, no es un grupo de gente que se junta a decir qué es lo que hay que escribir ahora. Hay tantas Laura Palmer como escritores que se acercan a ella. Esperamos poder publicarlos y que cada uno elija, como lector, con quiénes arriesgar. También esperamos que Laura Palmer sirva para que se actualicen los debates y las lecturas. La experiencia valdrá por sí misma.