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Laiseca: de monstruos e inmortalidades

Recordamos al genial Alberto Laiseca, autor de libros fundamentales de la literatura argentina como Los sorias y El jardín de las máquinas parlantes, compartiendo el prólogo que escribió para nuestra edición de El fantasma de la Ópera, uno de sus libros favoritos.


EL FANTASMA DE LA ÓPERA

“El Fantasma de la Opera ha existido”, nos dice Gastón Leroux en el comentario que hace a su propio libro. Y yo le creo. Le creo porque tengo ganas de creerle, aunque por otro lado no. Razones simplemente humanas hacen que uno no desee que haya sido un ser de carne y hueso (deformados huesos, corrupta carne). El pobrecito, de existir, sufrió demasiado. Ahora bien, ¿cómo perderse tanto genio, expresión máxima del romanticismo? Como ya dijimos: reconozco que resulta un poco egoísta de nuestra parte.

El Fantasma vive atrincherado en el tercer subsuelo de la Ópera de París. Su imperio se manifiesta en el underground. Allí, en la casa del lago, y con su órgano, compone el Don Juan triunfante, su obra maestra. Diremos como curiosidad que es tan precisa la descripción musical que Leroux nos da en su novela, que tengo la certeza de que para el Don Juan... del Fantasma el autor se basó en el Funeral masónico de Mozart. Esa “divinización del dolor”, de la cual nos habla el texto, corresponde casi compás por compás con la composición mozartiana señalada. Erik, el Fantasma (diré por otra parte), es el fenotipo del monstruo: “único en su especie” (esta es la definición que el diccionario da de la palabra).

Misterio, belleza, fealdad extrema, terror, humor y, antes que nada, romanticismo en su grado más loco. Anticipo el pasaje donde Erik ha secuestrado a Christine Daaé, la cantante sueca. “Christine: tienes tiempo hasta mañana a las once de la noche para enamorarte de mí. Son bastantes horas. Si para ese momento sigues sin amarme moriremos todos. He depositado incontables barriles de pólvora debajo de la Ópera. Cuando mañana, a las once de la noche, los parisinos estén oyendo una pobre obra maestra de Mayerbeer saltaremos por los aires. A mí qué me importa si total estoy loco”. He cambiado un poco (sólo un poco) el texto original, para que sea más visible la intención del personaje. En realidad el Fantasma no quiere que Christine se case con él sino que lo ame. Pero este deseo no es ni más ni menos que el corazón del romanticismo: no intento conseguir una compañía o una esposa. Lo que quiero es una mujer que me ame por lo que soy.

Una característica de la novela es que todos los personajes (salvo el Fantasma) son mediocres. Incluso Christine Daaé, de quien Erik está tan enamorado. La quiere porque es linda y canta como un ángel; en verdad su cerebro es de tipo usual (con esto ya se me entiende).

El novio de Christine, el vizconde Raoul de Chagny, está completamente a la altura de la diva. Es un odioso pisaverde quien, por pertenecer a cierta clase social francesa, se siente lleno de absurdas e injustificadas prebendas. Hay un pasaje donde el pisaverde cree haber acorralado a su rival: “¡Usted no se moverá de aquí hasta que yo se lo permita! ¡Dé la cara, si es hombre!”. Todo esto sin el más mínimo derecho. Pero claro: yo soy rico y vizconde. Tú di (como diría un panameño) que el Fantasma no está en el cuarto en ese momento. Uno lo lamenta porque si hubiese llegado a estar a ese infeliz le hubiera dado su merecido.

Pero como yo adelanté: Christine, Raoul, el Persa (un maldito metido en lo que no le importa), son personajes que si no hubiesen nacido daba lo mismo. Aquí el único genio es el Fantasma de la Ópera y, por supuesto, tiene el castigo de los genios. Lean el libro para enterarse de qué se trata.

El capítulo referido al cuarto de los suplicios es memorable. En los sótanos de la Ópera de París tenemos una tórrida selva del Congo, lograda con espejos y parrillas ardientes. Las víctimas, enloquecidas, padecen alucinaciones por la falta de agua y el calor horroroso. Cuando el panorama cambia es para que los supliciados crean estar ahora en un desierto de piedra, como los de Jordania, o en una sala de infinitas columnas (pero siempre a una temperatura de cincuenta grados centígrados, claro).

La descripción de los sótanos de la Ópera, y sus decorados fantasmagóricos, es otro logro de Leroux. Valdría la pena leer el libro aunque más no fuera por esto. Aquí tenemos una iglesia pintada, casi sobrenatural, iluminada por una luz verdosa, submarina. Allí guerreros de cartón piedra. Decorados que suben y bajan gracias a los contrapesos. Locos que viven en los sótanos porque no tienen lugar alguno a donde ir ( la adminsitración del teatro los tolera por razones de piedad). Un espejo gira y, luego de una fulguración, cierta cantante lírica muy famosa es arrojada a un mundo de tinieblas. La sala está vacía y el terciopelo que cubre las butacas es como un rojo mar encrespado. El maquinista José Bouquet es encontrado ahorcado detrás de un decorado del Rey de Lahore. Así aprenderá la próxima vez a no meterse en lo que no le importa. Antes de tener la bendición de la muerte conoció (por cierto) las delicias del “cuarto de los suplicios”: la sala de las columnas, el desierto de Jordania y el bosque del Congo. Olvidé algo importante: en el “bosque” uno oye llover pero no llueve; ve un oasis lleno de agua pero, cuando quiere beberla, sólo lame espejos ardientes. Delicioso.

Magnífica la parte en que Christine y Raúl huyen de esa “sombra tiránica” y suben el tejado de la Ópera de París. Es de noche y los jóvenes descansan bajo una escultura que representa a Apolo empuñando su lira. A través de los cordajes de dicha lira vemos la fulguración de dos estrellas. Muy poético, lástima que falso. No son estrellas: son los ojos ardientes del Fantasma que mira lleno de desesperación y deseos de venganza a los enamorados.

Por último hablemos del humor del Fantasma. Humor ácido, espantoso, bien under. Una escena memorable, donde la ironía del Fantasma queda clarísima, es la que transcurre en la casa del lago. Christine ya está secuestrada. Algún insolente intenta entrar a sus dominios violando los dispositivos de seguridad. No sabe el intruso que Erik tiene sensores que le avisan de inmediato. “¡Oh, caramba! Un tardío visitante. Bienvenido al hogar. Voy a recibirlo como se debe. Un recibimiento caluroso”. Recordemos que el Fantasma vive en el tercer subsuelo de la Ópera. Protegiendo su casa hay un lago subterráneo lleno de máquinas. Erik nada bajo el agua, toma de improvisto por el cuello al invasor y lo estrangula. Luego vuelve a su casa y le dice a Christine cínicamente: “Oh, querida. En qué estado estoy, ¿verdad? Afuera hace un tiempo atroz. Pero la culpa la tuvo el otro. ¿Quién le manda preguntarme la hora? ¿ Acaso yo le pregunto a los demás qué hora es? Bueno: ya no le preguntará la hora a nadie”. Todo esto es un delirio y Christine Daaé, horrorizada, lo sabe perfectamente: si su secuestrador está chorreando agua no es porque “afuera hace un tiempo atroz”  (¿ cómo puede llover en los sótanos de la Ópera?) sino porque se sumergió en el lago para estrangular a alguien. Además es obvio que nadie le preguntó la hora: se trata de un chiste macabro.

Recomiendo encarecidamente la lectura de esta obra maestra. Es cosa clara que no puedo revelar anticipadamente la trama, porque ello destruiría el misterio. Sí se me permitirá que diga una sola cosa, supremamente conmovedora: aquí, en este libro, alguien muere de amor. ¿Puede pedírsele más al romanticismo?

Alberto Laiseca