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Todos amamos a Lovecraft

Con El caso de Charles Dexter Ward, iniciamos la publicación de la obra del célebre torturado de Providence. El prólogo de Luciano Saracino nos invita a adentrarnos en los oscuros laberintos de su magia. Esto no es solo literatura.

 


LIBROS Y MOMENTOS


Tenemos otra biblioteca. Una que tiene los estantes vacíos de libros porque está llena de momentos. Porque los libros son momentos, también. Y a los momentos hay que guardarlos en algún lado. Los italianos lo saben: le dicen dimenticatoio. Una especie de biblioteca donde van a parar todos los momentos vividos. Los olvidos que se volverán recuerdos sólo cuando los convoquemos.

Una biblioteca. Considero que es un sitio tan bueno como cualquier otro para guardar recuerdos.

Hace unos años (la memoria juega raro; fue escribir “italianos” y se me vino la imagen a las teclas) viajaba en un tren urbano a través de Bologna. Frente a mí una muchacha leía, como quien dice, “ensimismada”. Era un libro largo (no importa el título; de hecho, ni siquiera era un libro muy bueno). Recuerdo (porque estamos hablando de recuerdos, también) que me llamó la atención que la chica estuviera cercana al final. Y que pasara una página tras otra. Atrapada.

“Seguramente se detendrá”, pensé. “Nadie termina un libro tan largo en un tren, durante la hora pico, rodeado de extraños que nada tienen que hacer ahí”. Considero un libro como un buen compañero con el que se ha recorrido un trecho de la vida. Despedirlo debería ser un acto de amor o de espanto. Pero nunca de indiferencia. No se terminan los libros largos en un tren, conmigo mirándote fijo.

Pero aquella chica siguió leyendo. Y yo seguí mirándola. Y terminó el libro. Y lo cerró como cerró sus ojos. Y lloró. Lloró rodeada de todos nosotros (pasajeros fugaces de su historia) porque el libro (su final) la había emocionado como emocionan los buenos compañeros con los que se ha recorrido un trecho de la vida.

Quise abrazarla. Besarla. Decirle que la comprendía plenamente. Que acababa de darme (a mí; un argentino perdido en un tren) un motivo de esperanza para con la raza humana (y claro que exagero: el libro ni siquiera era un libro muy bueno). Pero no hice nada de eso. Apenas si me hago algunas preguntas, más de diez años después:

¿Guardará la muchacha ese momento como seguramente ha guardado el libro? ¿Le contará a sus amigos, luego de contar el argumento, que lloró ante extraños cuando terminó de leerlo? ¿Tendrá ese instante guardado para siempre en la otra biblioteca?

Quiero creer que sí.

Yo soy escritor por los momentos que me han dado los libros y no sólo por los libros en sí. Un libro es un objeto incompleto. Será el momento que nos brinde lo que lo completará. El libro cerrado es, posiblemente, una promesa. Y una promesa es nada si nunca se lleva a cabo.

Puedo contarles con lujo de detalles el momento en que leí por primera vez El Mago de Oz. La primera vez que leí El Eternauta. El Último Recreo. Tengo los momentos, ¿saben? Están clarísimos. Sólo tengo que alargar la mano sobre esos estantes y... ¡ah! Qué maravilla. La luz que los rodea. Los aromas. En algunos casos, hasta la temperatura y algún sabor. Con el libro que tenemos ahora en las manos, el caso es extraño. Porque recuerdo todo. Recuerdo, aún, hasta la primera vez que lo escuché nombrar. El caso de Charles Dexter Ward, dijo alguien durante una cena. Y a mí me pareció absolutamente fascinante la frase. Pero no sólo la frase: recuerdo que me pareció fascinante que alguien pudiera recordar completo ese nombre. Charles Dexter Ward.

No era la primera que me pasaba algo así. Ya me había parecido prodigioso que alguien pudiese decir Las aventuras de Arthur Gordon Pynn. Y cuando alguien pronuncia bien Münchhausen, sonrío agradecido. Cosas que los que aman los libros sabrán comprender.

Charles Dexter Ward.

Pronúncienlo en voz alta. Ahora. Conmigo. Charles Dexter Ward. Es un nombre perfecto.

Y aquello no es casual, porque la novela que sigue a ese título también es perfecta. No me tiembla el pulso al escribir que estamos ante el Lovecraft más lúcido y, posiblemente, el menos conocido de todos los Lovecraft que andan por ahí. Podríamos decir que aquí habitan todos los miedos y traumas del escritor de Providence. Los conflictos de identidad, los lugares húmedos y cerrados, el pasado no resuelto, el racismo, la culpa que atraviesa generaciones, la locura, la agonía, los cultos inexplicables, la muerte como presencia permanente, los monstruos que habitan en el instante exacto donde la oscuridad se vuelve inexpugnable...

Vamos a leer, en esta novela, los leitmotivs que Lovecraft venía degustando en sus mejores relatos y los que seguiría moldeando en cada uno de los relatos que pueden incluirse dentro de su universo de los Mitos de Cthulhu. De hecho, estamos parados exactamente en la mitad del último paso que Lovecraft daría como autor: el momento en que abandona su etapa del Ciclo del Sueño (1920-1927) y está a punto de entrar en los Mitos de Cthulhu (1925-1935). Aquí, dicho de otro modo, está Lovecraft.

Sin embargo, lo dicho anteriormente no significa de modo alguno que sea éste un libro fácil de leer. Más a su favor. Narrado desde la perspectiva del médico de la familia del pobre Charles Dexter Ward (ya no podrán olvidar ese nombre nunca más, ¿verdad?), los hechos van y vuelven. A veces estamos en el Salem de las brujas y, otras, en el Providence presente (1925). Y no es difícil perderse en el laberinto de hechos que construye la voz que nos guía. Pero sabemos recorrer laberintos. No hemos llegado hasta aquí por nada.

Sucede que sin El caso de Charles Dexter Ward no existiría el cine de terror (me refiero al cine de terror hecho con alma) que conocemos hoy en día. No es –en lo absoluto– difícil reconocer en la pluma de este Lovecraft lo mejor de John Carpenter, de David Cronenberg, de Stuart Gordon o de George Romero. Del mismo modo, sin este libro que tienen en la mano difícil hubiese sido que autores como Robert Aickman, Robert Bloch, Stephen King, Clive Barker o Neil Gaiman hubiesen podido trabajar sus universos oníricos, oscuros y opresivos (pero encantadores, en el mejor de los casos) del modo en que lo hicieron.

Bastantes méritos, para una novela corta escrita por un hombre que acaba de separarse de su esposa y se muda a la casa de sus tías (calle Barnes Nº 10; casualmente la misma dirección que la del narrador de la historia) sumido en la frustración y una sensación de fracaso que puede olerse en cada recodo del libro.

Pero hablábamos de momentos.

Dijo alguna vez Michel Houellebecq: “Yo descubrí a Lovecraft a los dieciséis años gracias a un amigo. Como impacto, fue de los fuertes. No sabía que la literatura podía hacer eso. Y, además, todavía no estoy muy seguro de que pueda. Hay algo en Lovecraft que no es del todo literario”. Y con esa frase explica todo lo que alguna vez sentimos al leer a este autor.

Lovecraft crea –siempre lo ha hecho– momentos en nosotros. Podemos leer una historia suya en un tren (acá, en Bologna o en cualquier parte) porque sus historias logran crear ese instante mágico de “no estamos acá”.

Y esos son los momentos que más orgullo me dan en mi biblioteca que no tiene libros.

Esta novela (que tuve como presencia inconsciente durante años gracias a aquella primera vez que la pronunciaron en mi presencia) la leí en un aeropuerto, en una de esas esperas que suelen ser tediosas y donde casi no se puede hacer nada más que dejar morir el rato. Yo estaba rodeado de extraños (pasajeros fugaces de mi historia) en un lugar aséptico, neutro, iluminado. Sin embargo, puedo asegurarles que nunca me sentí ahí. Me sentí en el mismo lugar que van a estar ustedes en el momento en que pasen esta hoja y se sumerjan en una de las mejores historias de horror que ha dado la literatura universal.

Escribió, alguna vez en una carta, HPL: “Existen mis piezas Edgar Allan Poe y mis piezas Dunsany, pero... ¿dónde están mis piezas Lovecraft?”.

Está aquí, amable lector. Detrás del nombre perfecto que ya leímos en voz alta.

Bienvenido a una sincera obra escrita por un escritor de libros y de momentos.

Luciano Saracino