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Arlt: el primer punk

Los siete locos y Los lanzallamas conforman una bomba expansiva que desde principios del siglo pasado nos golpea con la belleza y la potencia de sus esquirlas. Acá, el prólogo de Fabián Casas para nuestra edición.

 


LOS SIETE PRÓLOGOS

El sueño. Una noche del 85, durmiendo en mi pieza de la casa de mis viejos, tuve, como Martin Luther King, un sueño. Ponía en mi viejo Winco blanco un disco que tenía, de un lado, Los siete locos y del otro, Los lanzallamas. Como los sueños sólo sirven para ser interpretados, recuerdo que pensé, ya despierto, que la música había sido para mí –el rock sobre todo– una resistencia a los años vividos bajo la dictadura militar, mucho más que la literatura. Por eso yo escuchaba las novelas de Arlt en vez de leerlas. El sueño también daba cuenta de una fascinación por ese escritor al que acababa de leer. En esa época estaba entrando en mi dorada veintena y trabajaba durante el día como cadete en el Centro de Empresas de Estibaje y por la noche estudiaba en la facultad de filosofía de la calle Marcelo T de Alvear. Todavía no lo sabía pero estaba a punto de dar un paso crucial en mi vida: me iba a ir de viaje por Latinoamérica durante dos años, a dedo. Recuerdo que mis tardes de trabajo transcurrían llevando circulares con información a las empresas que tenían sus casillas en el puerto. Iba con los sobres y una vez que los repartía me sentaba a leer Los siete locos y Los lanzallamas que tenía en un único libro. Las novelas de Arlt me producían un estado de toxicidad, me estimulaban como el jarabe Talasa que tomábamos cuando éramos chicos con mis compañeros de escuela para modificar nuestra percepción. Como eran relatos alucinatorios, rápidamente perdía la noción de realidad y me imaginaba que ciertas calles o ciertas puertas de casas eran los lugares donde sucedían los hechos narrados por Arlt. Hay lugares de Buenos Aires que parecen ser escenarios armados para esos sucesos. Recuerdo ahora una puerta vieja, de una casa chorizo en una calle lateral al Parque Lezama, que me parecía la puerta donde entraba Erdosain para matar a la bizca, no es que pensara que podía ser, sentía que era “esa”.

Nadie sale vivo de aquí. El juguete rabioso puede ser leído como relato de iniciación y las dos siguientes que se prologan acá (Los siete locos, Los lanzallamas) como relatos de madurez y caída. Sin embargo, hay que hacer notar que el mundo de Arlt no es un lugar que genere empatía en el lector joven como suele suceder, por ejemplo, con Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. No, Arlt no escribe sobre escritores y no glorifica a sus personajes, por el contrario, estos son, como escribió Oscar Masotta, “apestados”. No hay restos de romanticismo, nadie sale a buscar por las rutas a una poeta mitológica y si bien algunos leen –pero casi nadie escribe–, por lo general se la pasan soportando humillaciones para, de alguna manera, sentir “el ser”. Se diría que así como analizando la materia fecal los laboratorios médicos pueden encontrar la enfermedad en el cuerpo, Arlt, con su elenco estable de gente hecha mierda, proponía lo mismo para analizar el cuerpo social. Traiciones, asesinatos, injurias, locura y abyecciones de todo tipo son los sucesos que vertebran sus relatos, novelas y obras de teatro. Acá no hay glamour, ninguna lectora puede querer ser La maga porque las mujeres en estos relatos son tratadas como seres peligrosos e infectos, nadie es un intelectual incomprendido, un perdedor hermoso como Horacio Oliveira o Belano; acá están todos locos y resentidos. En el mundo arltiano no se salva nadie.

La edad del siglo. Cuando Robert Zimmerman se convirtió en Bob Dylan, necesitó, también, una biografía acorde. No servía decir que venía de una buena familia, que sus padres lo amaban y esas cosas. Él se escribió como un vagabundo de las rutas americanas, un pequeño Rimbaud que llegaba a la ciudad para dar cuenta de sus impresiones. Las posteriores biografías estrictas dieron cuenta de este engaño. Con Roberto Arlt pasa lo mismo. Aunque a diferencia de Dylan, hay pocos libros sobre su vida y pocos ensayos sobre su obra: se pueden contar con los dedos de la mano. Roberto Arlt, uno de nuestros grandes escritores, aún hoy, sigue siendo un misterio. Su literatura es esotérica, nunca exotérica. No forma parte, salvo excepciones, de la iconografía argentina. Muchísima gente que no lee un libro ni aunque la maten, sabe quién es Borges. Por el contrario, muchos lectores intensos saben poco o nada de Arlt. Para conocer a Arlt hay que meterse en la literatura hasta el fondo, hay que querer leer o escribir: como sucede con la tradición más productiva, a Arlt hay que ir a buscarlo. Eso hizo Sylvia Saítta en su biografía El escritor en el bosque de ladrillos y lo primero que descubrió es que Arlt, como Bob, se armaba su propia biografía, lo cual dificultaba el camino del biógrafo: “El testimonio más difícil de abordar en esta biografía ha sido el del propio Arlt. Porque miente, porque no dice todo lo que sabe, porque inventa datos de su biografía, porque está más preocupado por la construcción de su imagen pública acorde a lo que él considera que debe ser el retrato de un escritor, que por dar el testimonio verdadero de su propia vida. Y los críticos literarios han colaborado, durante años, a la mitificación de su figura; han repetido datos que son falsos o simplemente le han creído”. Digamos acá que Arlt nació el 26 de abril de 1900 y que murió el domingo 26 de julio de 1942, como se ve, tenía la edad del siglo.

The three stooges. Borges, Arlt y Gombrowicz, tres de nuestros máximos escritores, tenían una fascinación por los prólogos, una necesidad de explicarse y explicar sus ficciones. El prólogo de Arlt a Los lanzallamas es extraordinario por la potencia de su escritura y porque funda un mito: el del escritor que escribe a pesar de que no encuentra una torre de marfil para hacerlo, el escritor prepotente, el genio que triunfa a pesar de su imposibilidades (“se dice de mí que escribo mal...”) y de sus críticos, que él imagina, feroces. Arlt, dice de sí mismo, es lector de Dostoievski y de Flaubert, pero no puede pintar esos lienzos impersonales a la manera del francés porque no vive de rentas, no tiene tiempo, tiene que escribir en condiciones desfavorables y en estrepitosas redacciones. Dostoievski, por otra parte, escribía con la misma urgencia arltiana, con la necesidad de ganar dinero escribiendo para pagar las deudas de juego, contratando una secretaria para poder terminar a tiempo, por ejemplo, El Jugador. Quiero contar algo con respecto a este libro. El poeta Daniel Durand me dijo, hace mucho, que cuando terminó de leerlo lo puso en el piso y se arrodilló delante de él, alabándolo, como si fuera un libro sagrado. La imagen era grotesca y me hizo reír, pero también me transmitió mucha emoción. Con Los siete locos y Los lanzallamas se podría hacer lo mismo. Son, de alguna manera, libros sagrados. Los abrí a los veintiuno y ahora casi a los cincuenta y siguen con su poder letal intacto. Como esos conjuros que permanecen escondidos hasta que alguien los libera, la fuerza de la escritura de Arlt es terriblemente moderna, está siempre un paso por delante nuestro. No importa que la ciudad de Buenos Aires haya cambiado, que ya no sea la que Arlt “balconeaba” desde las alturas como un águila en esa genial foto suya tantas veces vista. La ciudad de Arlt es una entidad metafísica, es una ciudad invisible construida por hombres que no saben de dónde vienen ni adónde van. Por eso es actual.

Roberto Arlt, yo mismo. Algunos escritores clave de nuestra literatura que, a veces, se muestran antagónicos entre sí, confluyen en Arlt. David Viñas, por ejemplo, fue el que, desde las páginas de la revista Contorno, produjo el “retorno” a Arlt. Se lo leyó en ese entonces –los años cincuenta– como un antagonista de Borges. Fue una lectura necesaria, pero, a mi juicio, no del todo productiva. Juan Carlos Onetti, en su novela La vida breve, había hecho ya una lectura mucho más intensa en el sentido spinoziano, ya que uno potenciaba a otro. El personaje principal sueña y crea un mundo metaficcional –recurso borgeano– pero el tono del relato y la atmósfera son artlianos. Ricardo Piglia también escribió y puso en el centro del debate literario a la obra de Arlt. En el prólogo a los relatos completos, escribe: “Arlt es el más contemporáneo de nuestros escritores, difícil de enterrar. Su cadáver sigue sobre la ciudad. Las poleas y las cuerdas que lo sostienen forman parte de las máquinas y de las extrañas invenciones que mueven su ficción hacia el porvenir”. Una vez le pregunté a César Aira cuál era la novela más extraordinaria que había leído en la literatura argentina, y me contestó que era El amor brujo, de Arlt. Justo la novela menos elogiada, la que algunos consideran la novela mala. Todos hablamos de las buenas lecturas, pero es curioso lo que puede hacer una mala lectura o una lectura productiva de una mala novela. En este sentido, el más genial lector de Arlt, para mí, es Oscar Masotta, quien en su primer libro Sexo y traición en Roberto Arlt, da cuenta –siguiendo el modelo sartreano del Jean Genet Comediante y mártir– de un mapa metafísico y técnico de la escritura del autor de Los siete locos. Mucho de lo que se puede decir sobre Arlt lo dijo ahí Masotta. Busquen este libro, léanlo. No explica pedagógicamente la obra de Arlt, obturándola; por el contrario, le da un marco intenso, asediándola con certeras estocadas de existencialismo y lectura creativa, vital. Arlt y Masotta son hijos del mismo palo. Los dos se hicieron a sí mismos y parecen no tener tradición detrás. Arlt lee a Dostoievski en malas traducciones y de ahí salen Los siete locos y Los lanzallamas, Masotta lee malas traducciones de Sartre hechas por Losada y tiene el tupé –por suerte– de dar cuenta de él, de aparecer como un difusor de la obra del escritor francés y de intentar mediante su programa filosófico una lectura de Roberto Arlt. Y fue por más. Creo que nadie puede entender absolutamente a Lacan. Nadie lo puede leer bien. Pero las lecturas “malas” del corpus de su obra son inmensamente productivas. Masotta lo hizo. Por eso no es casualidad que haya elegido para su primer libro trabajar sobre Roberto Arlt, quien es el ejemplo contundente de que un escritor puede surgir de la nada o de los escombros de la literatura mestiza (el folletín, las ciencias ocultas) y forjarse un porvenir brillante por prepotencia de trabajo y genio. Uno de los ensayos de Masotta se titula “Roberto Arlt, yo mismo”.

Encerrado con un solo juguete. Una de las paradojas de la historia política es que muchas veces es un burgués el que comanda a la clase obrera. Ricardo Güiraldes, escritor y hacendado, fue el que se encargó de proteger a Arlt, de leerle y corregirle los manuscritos y de proponerle el título definitivo para su primera novela. Arlt quería llamarla La vida puerca y el autor de Don Segundo Sombra le sugirió El juguete rabioso. Para la izquierda, que siempre quiso anexar a Arlt sin poder lograrlo, el primer título era más contundente, pero nosotros sabemos que El juguete rabioso es un título mejor, memorable. Creo que es uno de los grandes títulos de la literatura mundial. Porque no delimita, no explica, porque pone todo en estado de incertidumbre con potencia polisémica. Como Naked lunch, otro título genial que también fue propuesto por Ginsberg y Kerouac a William Burroughs para las notas sueltas, rutinas, que éste acumulaba en su pieza de Tánger. Sobre el final del El juguete rabioso, Silvio Astier, después de traicionar al Rengo, tiene un momento de extásis dionisíaco: “Yo no soy un perverso, soy un curioso de esta fuerza enorme que está en mí (...) Yo creo que Dios es la alegría de vivir. ¡Si usted supiera! A veces me parece que tengo un alma tan grande como la iglesia de Flores... y me dan ganas de reír, de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente...”. Astier, se nos dice cuando concluye el relato, quiere viajar al sur, lo mismo que hará Martín en el final de Sobre héroes y tumbas, la novela de Sábato. Pero parece que los propósitos de felicidad y progreso no se logran. Cuando volvemos a leer una ficción de Arlt, Astier, el joven, está convertido en Remo Erdosain. Como escribió David Viñas, el adulto es un adolescente adulterado.

La distopía. Ya lo dijimos, ya se dijo, Arlt toma géneros menores (los manuales técnicos de divulgación científica, el folletín, el melodrama, la crónica policial, etc) y soldándolos en la alta noche, los convierte en gran literatura. Arlt era absolutamente consciente de lo que hacía. Hay un prólogo de Cortázar a las obras completas de Arlt donde, de manera paternalista, sugiere que el escritor conseguía los logros a pesar de su ignorancia en los materiales. También lo acusa de no tener humor (acá me imagino a Arlt leyendo el prólogo de Cortázar y pienso en lo que le contestó Noel Gallager a Bono cuando este trató de corregirlo en público. El culón de U2 le decía “Hijo...”. Y Gallager lo cortó en seco: “Yo no soy tu hijo, imbécil”). Así es, mi querido Julio Denis: Arlt no sólo sabía lo que hacía sino que no se puede leer Los lanzallamas y Los siete locos sin matarse de risa. En muchas de las escenas más densas el grotesco permite la risa, es más, si no se metaboliza en risa esa vida puerca, no se puede seguir viviendo, no se puede seguir leyendo. Todo es disparatado. Por ejemplo, cuando Erdosain llega a su casa después de buscar el dinero para que le condonen la deuda que inicia la novela, lo espera su mujer con su amante, para decirle que lo abandona. Todo iba mal, pero puede ir peor. La presencia del amante busca el efecto de hacer aún más grande la humillación de Erdosain. Sin embargo, Erdosain no puede actuar. Se nos dice que tiene un revólver pero ni piensa en usarlo. En cambio, trata de hablar con el amante de su mujer, trata de hablar también con ella para regodearse aún más en la humillación que le están asestando. Y cuando la mujer finalmente se va, le larga esta propuesta demencial: “Mirá... esperame. Si la vida es como siempre me dijiste, yo vuelvo ¿Sabés? Y entonces, si vos querés, nos matamos juntos... ¿estás contento?”. Los personajes que pueblan Los siete locos y Los lanzallamas son una especie de contracara de esas franquicias de superhéroes de Marvel. El Astrólogo, el Buscador de Oro, el Rufián Melancólico, el propio Erdosain, todos seres alucinados que pretenden lograr una revolución para cambiar el mundo pero no para mejorar la vida, sino para usufructuarla en función de sus egoísmos. La sociedad los marginó y ellos quieren venganza. No hay altruísmo ni teología positiva. Ellos son los reyes de la distopía. No hay futuro, esto es el punk en serio. Nadie acá se rompe la ropa de manera pedagójica para parecer malo. Acá andan todos, como escribe Arlt, con “los botines” a la miseria porque la calle les come la suela. En esta época en la cual nuestra dirigencia política ha decidido vivir el capitalismo ordenado, las novelas de Roberto Arlt siguen dando pelea. Miren, parece decirnos entre muchas otras cosas: esto es el capitalismo ordenado: una lenta masacre donde los oprimidos se vuelven locos cocinándose en su propio caldo y donde los opresores son siempre los mismos. Y vos, Dios ¿dónde estás?

Fabián Casas