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El futuro es nuestro

A más de 70 años de su muerte, Roberto Arlt sigue mostrando su vigencia a través de la desesperada fuerza de su literatura. Con la reedición de El juguete rabioso, nos sumamos no a su recuerdo, sino a su arrolladora presencia en el mapa de la literatura argentina. Adelantamos el prólogo del escritor Jorge Consiglio para nuestra edición.

 

ARLT O EL RESPLANDOR DE LA NOCHE

Existe siempre una biblioteca de iniciación. Se trata del conjunto arbitrario de libros con el que el lector principiante organiza el primer cosmos espontáneo, generador de un placer insólito asociado con el asombro, la curiosidad y la intimidad entendida como aventura.

Esas bibliotecas dejan siempre huella. Gravitan en el imaginario que el lector diseñará para pensar la lectura, para idear su modelo de autor y para abordar los textos en general. Son herencias perpetuas de sangre con las que se discute para armar un nuevo sistema o con las que se guarda una fidelidad inquebrantable. En mi caso, fue la biblioteca de mi viejo. No tenía muchos  libros, solo algunos pocos. Si no recuerdo mal, había seis en total: una edición de tapa dura de Mis montañas de Joaquín V. González, Los artículos de costumbre de Mariano José de Larra y las cuatro novelas de Roberto Arlt en ediciones de bolsillo.

Empecé a leer El juguete rabioso por la pasión con la que mi viejo hablaba de Arlt y de sus escritos. Casi siempre la charla se daba en la sobremesa de las cenas. Destacaba las descripciones de Joaquín V. Gonzalez, la mordacidad de Larra, pero cuando el tema era Arlt, la cosa era diferente. Decía que Arlt escribía usando la verdad cotidiana. Era el único escritor que, sin preocuparse demasiado por las formas, había hecho arder las páginas con la certeza de que la vida es tan hermosa como mezquina. Según mi viejo, Arlt bramaba, no tenía tiempo ni voluntad para los floreos discursivos. Con su prosa turbia se ocupaba de asuntos urgentes que, valga la paradoja, han existido desde siempre. Y lo hacía con una potencia que se logra solo si está respaldada por lo auténtico.

En otras palabras, antes de empezar a leerlo, yo sabía que Arlt había escrito a los empujones, provocando, con la actitud del que quiere arrancarles la careta a los imbéciles y redimirlos mediante la confrontación con su propia miseria. En el legado de mi viejo, Roberto Arlt era un evangelizador que descreía de las metáforas, un rebelde cuya sensibilidad lo ubicaba al borde de sí mismo y de las instituciones. En estas ideas hay una puerilidad de la que aprendí a desconfiar con los años; sin embargo, creo que en ellas también pervive un sustrato auténtico que me sirvió, entre otras cosas, para acuñar el modelo de lo que, para mí, es un autor.

Una de las cosas que más me impresionó de aquella primera lectura de Arlt fue que la responsabilidad de armar la escena no dependía tanto del esfuerzo exclusivo de mi imaginación: gran parte de los hechos tenían lugar en zonas próximas a Villa del Parque, barrio en el que nací, o en sus propias calles. Los personajes de El juguete rabioso se mueven entre Flores, La Paternal, ocasionalmente el centro y la villa. Por ejemplo, el zapatero andaluz que inicia a Silvio Astier, el protagonista, en la literatura de bandoleros tiene su negocio en Rivadavia entre Sud América y Bolivia; cuando Silvio y su familia no pueden pagar el alquiler y se mudan, se van a “un siniestro caserón de la calle Cuenca, al fondo de Floresta” y, un último caso, la casa que cambiará la vida del protagonista y del rengo, escalón existencial de Astier, está ubicada en la calle Bogotá a una cuadra de Nazca. Con estos datos pude organizarme un plano concreto que, conjugado con la proximidad que aporta el narrador, hizo posible que, desde el primer párrafo, me metiera bajo la piel de Silvio Drodman Astier y lo acompañara en su derrotero.          

Otra impronta del texto que jamás olvidaré tiene que ver con su cosmovisión. El mundo de El juguete rabioso es un lugar de códigos estrictos regido por un destino fatal: el hombre paga siempre, se equivoque o no. Esta implacabilidad no produce un quiebre en la moral de los personajes, más bien la blinda o, mejor, la torna autosuficiente, aunque también trabaja, con precisión de relojero, el filigrana del escepticismo, espejo en el que los protagonistas buscan su imagen. La conspiración suele funcionar como la superficie ideal de refracción. Para los personajes de Arlt, el ejercicio diario de intrigar, ese ajedrez de la sombra, es un camino hacia la identidad, una forma de saber algo más, quizás lo más legítimo, sobre sí mismos y, por lo tanto, sobre su entorno.   

Unos cuantos años más tarde, me hice escritor y volví a leer El juguete rabioso. Ya sabía que era la primera novela que Arlt había escrito. También que había empezado a trabajarla en la década de 1920, en Córdoba, mientras acompañaba a su mujer, que estaba recuperándose de una tuberculosis. Y que, después del rechazo en Claridad, Ricardo Güiraldes lo había alentado a seguir buscando editor y le había aconsejado cambiarle de nombre al texto: se llamaba La vida puerca. Sin embargo, estos datos no eran lo que de verdad me importaba. Lo que yo quería saber era de qué forma funcionaba ese artefacto literario, qué dispositivos había usado Arlt para construir una novela que parecía una caldera de alta presión, cómo había logrado ese efecto. 

Me detuve en el narrador: esa primera persona que enuncia en tono de crónica los hechos de su vida. Me pareció notar que la agilidad del texto se conseguía a partir del punto de vista. Silvio Astier cuenta su perpetuo deambular como si estuviera corriendo; sin embargo, este ritmo frenético no lo convierte en un observador superficial, más bien todo lo contrario: no hay detalle que le resulte irrelevante. El narrador de El juguete rabioso tiene un pulso urgente. Da la impresión de que, en las bocanadas de aire que toma para enunciar, hubiera un grumo activo de belleza y decepción en idénticas proporciones.

A este dinamismo de la voz se le suma el de la estructura. La novela está dividida en cuatro partes constituidas por bloques narrativos que no aspiran a la exacta precisión cronológica. Este recurso aporta oxígeno al texto y, a un mismo tiempo, brinda tensión al relato. Cada fragmento hace que la acción progrese y que la topografía interna del personaje se encrespe; cada escena es un paso más que aproxima a Silvio Astier al paroxismo.

En cuanto a la trama, está confeccionada por dos miradas. Una puesta en los acontecimientos que hacen la carne del texto. La otra, que es la principal, enfoca las emociones que la acción despierta. Desde el comienzo de la novela, en las gloriosas escenas de robo, el narrador lleva un minucioso registro de lo que siente. Audita las fluctuaciones de su entendimiento, registra hasta el más mínimo temblor de su alma, como si el mundo empírico sirviera solo como un deslucido síntoma de su interioridad, una pálida expresión de las pulsiones del subsuelo. No obstante, estos ojos tan diestros para deletrear la sombra, también son sensibles a la luz. Es así que Astier, mientras vende papel puerta a puerta, se regodea, extasiado, frente al cielo de octubre o se declara dueño de una extraordinaria felicidad ante el espectáculo de la mañana con su agitación y su frenesí. Astier es un personaje con un paladar dispuesto a la belleza del mundo, una belleza completa, tan vasta que su materia es idéntica a la de los conceptos abstractos; por lo tanto, incluye también a su opuesto. El narrador de El juguete rabioso, entonces, se rige por una serie de valores firmes, inquebrantables, verdaderos patrones de referencia. Ordena el mundo a partir de la tautología, porque nombra siempre desde lo absoluto. De allí que,  en su búsqueda de redención, Astier elija la hecatombe personal como fuente para hallar su imagen. Este personaje de Arlt, que sube bajando, entiende que hasta el amor es parcial, por eso encuentra una única alternativa válida: la traición. Este quiebre de la lealtad es amplio, abarca todo: desde la felicidad por su concreción hasta la culpa por su eficacia. En la ilusión de Astier, un acto así se corresponde con un círculo tan perfecto que discute con lo humano. La traición es un gesto excepcional que, junto con la violencia espontánea, implica vocación de pureza. Se trata del único altar posible en el que el fuego funciona como ruta de verificación individual. Desde la primera oración del texto, Astier madura este hallazgo, pero necesita descender a los infiernos para acceder al “camino más alto y más desierto”, usando un verso de Jacobo Fijman. Ese es el efecto Arlt: el texto como convulsión profunda, como crispamiento, mucho más que un temblor.

En suma, la efectividad de El juguete rabioso tiene que ver menos con cuestiones técnicas que con la fidelidad con la que Arlt anotó la desmesura, con la destreza con la que organizó un texto trabajando con la distorsión extrema. Como dice Ítalo Calvino, lo que importa en los libros modernos que más amamos no es que cierren “en una figura armoniosa, sino la fuerza centrífuga que se libera”. Y El juguete rabioso, sin ninguna duda, es garantía categórica de torbellino. 

 Jorge Consiglio, octubre 2012.