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A propósito de Ingenieros

Ante una nueva reedición en nuestra colección Modelo para Armar de uno de los libros más emblemáticos del pensamiento argentino del siglo XX, El hombre mediocre, adelantamos el prólogo escrito por el escritor y sociólogo Hernán Ronsino.

 

INGENIEROS: EL IDEALISMO MORAL

1. Ingenieros y Lugones

José Ingenieros no vio el Golpe Militar de Uriburu. Murió cinco años antes, en 1925. ¿Qué hubiera escrito sobre ese hecho central del siglo XX argentino? No lo sabemos. La respuesta es posible inferirla desde sus textos. Pero sus ideas fueron cambiando a lo largo de los años, evolucionando, diría Ingenieros, de un anarco socialismo a un positivismo darwinista que, finalmente, celebra a Lenin.

A los treinta seis años, es decir, en 1913, publica en Madrid dos de sus libros más importantes: el volumen ampliado de Sociología argentina y El hombre mediocre. También, en 1913, Leopoldo Lugones da, en el teatro Odeón de Buenos Aires, sus famosas conferencias que, luego, serán publicadas en el volumen El payador. Ahí, Lugones realiza un procedimiento en torno a la figura del gaucho –el gaucho ya desaparecido, ahora, restaurado como un prototipo del argentino actual– y del poema Martín Fierro que será, en palabras de Lugones, el poema épico nacional. Estamos bajo el tenso clima del primer centenario de la Revolución de Mayo. Hay una fuerte necesidad por parte de la oligarquía de fabricar, desde los aparatos del estado, una tradición, un pasado. Y, con ello, una idea de nación frente a la amenaza masiva de los inmigrantes, llamados por ley, indeseados. Por lo tanto, intelectuales como Lugones, Ramos Mejía o Rojas, por ejemplo, trabajan en función de la consolidación de ese pasado y en la construcción de una serie de héroes nacionales. Lugones, que pedía en su Historia de Sarmiento construir para el sanjuanino un monumento semejante a una roca, piensa en héroes helénicos. Ingenieros, en cambio, ya ha dejado de lado las teorías del orden desarrolladas en su criminología y ahora piensa en una moral sin dogmas, en un hombre idealista, libre, que tanto peso tendrá, por ejemplo, en la Reforma universitaria de 1918. “La imaginación –dice Ingenieros–, despoja a la realidad de todo lo malo y lo adorna con todo lo bueno, depurando la experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe más puros”. Si en el Ingenieros de El hombre mediocre la imaginación es el puente hacia el futuro, hacia un modelo de perfección, es decir, el camino que conduce a fabricar ideales nobles; en Lugones parece funcionar como parte de un programa oficial, político, y ese gaucho imaginado y celebrado viste, ahora, los atributos helénicos.

Sin dudas, hay una intensa relación intelectual entre Leopoldo Lugones y José Ingenieros. Esa relación comienza en La Montaña a fines del siglo XIX. Como dice David Viñas: “En esa revista, a lo largo de doce números, su insignia mezclaba maliciosamente lo conspirativo con el turrieburnismo puesto en circulación por el Darío instalado en Buenos Aires: exasperaciones discursivas encima de un escenario montado por los dos intelectuales de veinte años que se consideraban a sí mismos ‘la cúpula más sagaz y colérica’ de su generación novecentista. Y tenían razón”. Los caminos de ambos, luego, se van bifurcando de un modo progresivo. Hasta que, como dice Viñas, se produce la gran ruptura en 1924. En ese año Ingenieros celebra a Lenin en el texto “La glorificación de Lenin”: “bien puede ser la revolución rusa un símbolo tan glorioso como hace un siglo lo fuera la revolución francesa (...) nada sería más justo que en un mañana la estatua de Lenin se irguiese en todas las capitales de los pueblos”. Y Lugones, en las antípodas, proclama “La hora de la espada”, el discurso que anticipa La patria fuerte y La grande argentina, los dos textos fascistas publicados en 1930. Año del Golpe de Uriburu que José Ingenieros no vio.

2. Sociología argentina

“La sociología –dice Ingenieros en el capítulo primero de su Sociología argentina–, es una ciencia natural que estudia la evolución general de la humanidad”. La definición inscribe a Ingenieros en la corriente positivista que tanto peso tuvo en las primeras décadas del siglo XX en relación a la conformación de las naciones latinoamericanas. Pero habla, a su vez, de la segunda etapa del pensamiento de Ingenieros. Ese momento positivista va de la salida de la experiencia con Lugones en La Montaña hasta su ruptura con el gobierno de Roque Sáenz Peña y el autoexilio en España.

Siguiendo la línea que desarrolla Sarmiento en Conflicto y Armonía de las razas en América, Ingenieros se propone rastrear la evolución sociológica argentina teniendo como punto de partida la tesis darwinista de la evolución del más apto. Nunca en la historia de la humanidad, plantea Ingenieros, una raza superior –más desarrollada en términos económicos, técnicos y biológicos– fue superada por una raza menos desarrollada. “La superioridad de la raza blanca es un hecho aceptado hasta por los que niegan la existencia de la lucha de razas.” Ingenieros, como se ve, habla de lucha de razas (concepto que, desde hace muchos años, carece de validez teórica y científica). En la historia argentina, la raza blanca, europea, que llega con la conquista, se enfrenta a una raza, los pueblos originarios, que vive, según Ingenieros, en un estadio de evolución que las pone en una situación de barbarie. La matriz sarmientina de civilización y barbarie se reproduce en las ideas de Ingenieros y, con ello, el desprecio a la cultura latinoamericana. Por la lógica del más apto, entonces, en la lucha de razas es natural que la raza blanca se imponga. La evolución en la historia argentina, de este modo, va de una fase feudal a una fase agropecuaria –que comienza a desarrollar el capitalismo luego de Caseros– favorecida por la inmigración europea que mejora, por lo tanto, la composición de la clase proletaria y las clases medias. La unidad nacional, dice Ingenieros, es, así, obra de un proceso de evolución natural.

3. El hombre mediocre

En 1913, entonces, es la publicación de Sociología argentina, que condensa el pensamiento positivista ligado a Spencer y, a la vez, es la publicación de El hombre mediocre, que se vuelve un punto de giro en los vaivenes del pensamiento de Ingenieros. Dice Viñas, haciendo referencia a los grandes cambios de ideas que han tenido Ingenieros y Lugones: “difícil canonizarlos. Semejante género quietista que suele enternecer a las almas almidonadas no funcionaba con ninguno de los dos”.

Con El hombre mediocre “se registra –según Terán– un movimiento teórico que fisura el sistema anterior mediante el crecimiento de la noción de ideal”. Si bien seguirá presente el esquema organicista, se abre una grieta en el pensamiento de Ingenieros a partir del contexto histórico y sus conflictos personales con el presidente Roque Sáenz Peña, para darle más lugar a la imaginación como motor creador de ideales perfectos. Si Martínez Estrada reacciona en1933 ante el Golpe de Uriburu escribiendo Radiografía de la pampa; la misma indignación moral se ve, veinte años antes, en José Ingenieros cuando decide ponerse a escribir El hombre mediocre. “Esa crisis moral de la intelectualidad argentina sólo puede combatirse con ejemplos de dignidad y de renunciamiento”, dice Ingenieros según la cita de Terán que completa con la siguiente idea: Ingenieros desde Europa se plantea, pues, hacer una autopsia moral del culpable de semejante desorden. El resultado es la escritura de El hombre mediocre. Y la tensión de dos grandes modelos de hombres atravesando el libro: por un lado, el hombre mediocre, rutinario, que actúa por imitación, prejuicioso y dominado por la moral de Tartufo (eso es, según Ingenieros, lo que prevalece en la Argentina de la reforma electoral); y, por otro, el genio, el hombre que rompe con el estancamiento de la vida rutinaria y prejuiciosa, el hombre que, a partir de la imaginación, construye horizontes que sus contemporáneos no pueden ver. El genio que traza, entonces, ideales necesarios para una sociedad. Los modelos de genios creadores de ideales, para Ingenieros, son Sarmiento y Ameghino. Esas figuras se vuelven vitales para que una sociedad no caiga, por ejemplo, bajo el imperio de las mediocracias.

En 1925, a los 48 años, José Ingenieros muere en Buenos Aires. Se cierra así la vida de uno de los intelectuales más importantes de las primeras décadas del siglo XX latinoamericano. Los vaivenes de su pensamiento y sus libros hacen de Ingenieros una figura compleja, difícil de encasillar. Y es, sin dudas, en esa complejidad donde se encuentra la riqueza de su pensamiento.

Hernán Ronsino